sábado, 31 de mayo de 2008

HIKIKOMORI

Es una hipotesis o más bien un campo de trabajo. No sé. Es un experimento. Sí.

viernes, 30 de mayo de 2008

"Dinero" de Pablo García Casado

Pocos libros me han destrozado tanto como el últimpo poemario escrito hasta la fecha de Pablo García Casado. Era la primera vez que leía algo suyo y decidí arriesgarme, fue una gran idea. Nunca había visto el dinero, esa nonada tan valiosa que existe desde que el hombre es animal de poder, como un elemento tan determinante y al mismo tiempo tan inmaterial en nuestras vidas. Los acontecimientos que se desarrollan a lo largo del trayecto, leves e incandescentes poemas en prosa, son directos como puñetazos en nuestra dignidad de seres humanos. Es el estudio de las posibilidades que seccionan a un billete, a una moneda, o a un trozo de plástico magnetizado. Multiplicado por mil o por un millón. El dinero, cual diablo, toma todas las formas posibles de ignominia: la posibilidad del éxito, el pasado malgastado, el ajuste de cuentas, el todo vale, el señora esa historia está muy bien, pero hablemos de dinero. Lo define perfectamente en un verso-daga: "No es un ambiguo sentimento de angustia, es dinero." Todo lo que hacemos por tenerlo o por mantenerlo, nos convierte a nosotros mismos en objetos al arbitrio del dios pecunario, que cada vez más amplia su dogma y su dominio. Un poemario que por su claridad, sonoridad (más que leido debe ser escuchado) y su sequedad, está magistralmente completado por un montaje audiovisual que podemos descubrir al final del libro, en una página web.
De muestra un botón, un fragmento que me parece importante.
BAR
Llegan con los hombros curtidos. Empiezan temprano,
la mano fuerte que aprieta, la palmada en la espalda.
Como estás campeón, ponme una copa. Todos tienen una
historia que contar, todos tocaron la gloria con la pun-
ta de los dedos. Pero luego los hijos, la mala suerte y
esa gente que no tiene palabra. Aquí se detienen a tomar
fuerzas para subir a casa. Los más jóvenes aún confían
en las oportunidades, el resto sobrelleva como puede los
minutos de la basura.

miércoles, 23 de abril de 2008

Sant Jordi: el día del libro (mediático)



Hoy he tenido la oportunidad de asistir a la firma de libros de Agustín Fdez Mallo en la caseta de la FNAC en Plaça Catalunya. Apenas he tenido que esperar cinco minutos para conseguir mi propósito, e incluso he podido intercambiar algunas palabras con él, realmente un tipo muy majo. Un gallego sorprendido y modernito junto a Eloy Fernandez Porta, que tenía para firmar su ensayo Afterpop, pero que nadie parecía conocer. Yo sí, pero vale 20 euros.




De hecho, aquí le podemos ver a él solo recitando un ensayo que estaba repasando cuando yo le vi por primera vez hoy. Ni dios le estaba escuchando, pero el tío -hay que admitirlo- tiene el autoestima por las nubes. Hasta aquí, la parte literaria de la mañana. Ahora vamos a por la verdadera esencia de Sant Jordi: los medios.


Esta mañana me he despertado con poquísimas ganas de pasear por una Barcelona en plena Diada, sin embargo, la curiosidad me ha podido y al ver que venía el autor de Nocilla Dream y Nocilla Experience a firmar, me he dado un empujoncito y hasta he agarrado mi cámara de fotos (por si acaso). En la mochila que uso habitualmente he añadido sus libros y la cámara y me he quedado pensativo: ¿Quién más de mis autores favoritos estará firmando esta mañana? ¿Vila-Matas? ¿Mendoza? ¿Marías? ¿Millás? Pues bueno, solo uno de estos, el último y porque era el último ganador del premio Peseta, perdón, Planeta. Los otros, desaparecidos en combate o como si se olieran lo poco que pintan los escritores entre los iconos mediáticos. Supongo que mejor no mezclarse demasiado.


Pues bien, en mitad de la mañana y de Barcelona, he llamado a mi amiga Lara que estaba por allí persiguiendo autores para un trabajo de su uni (también estudia comunicación en la UIC) y he decidido ir a verla: estaba esperando la llegada de Berto Romero.


Guapa como siempre y risueña por haber realizado sus dos primeras entrevistas serias: Alessandro Baricco y Noah Gordon. ¿Os suenan? Seguro que a la mayoría sí: venden muchos, muchos libros. Estabamos en el stand de la librería Catalonia, en Paseo de Gracia con Ronda Universitat. Y le hemos echado morro y hemos pasado dentro como si nada. Justo antes llegaban dos de los "escritores" más esperados: el susodicho Berto Romero -muy majo, por cierto- y el infame pero carismático Risto Mejide, que entre risas, se han fotografiado como si de dos colegas de toda la vida se tratase. Interesante.

Pues lo dicho, ya dentro hemos intentado captar la atención del humorista catalán, que colapsado por la demanda de público no ha podido ofrecernos más que unos segundos para que Lara se fotografiase con él. Otra vez será, la entrevista. Pero hemos fichado a Nuria Roca, muy guapa y muy sencilla y mi amiga le ha podido realizar una entrevista en la que han terminado con mucha complicidad, fijaos como le habla al oído (espero que no de mí, jeje).




En definitiva, me he divertido disfrazándome de reportero gráfico de un inexistente diario llamado "Newsweek" y he podido hablar de tú a tú con telivisivos personajes -que al fin al cabo son eso y no escritores-.


Como reflexión final me quedo con las rosas. No engañan. Su olor y su color puede ser natural o provocado químicamente, pero las personas que las venden son humildes y ayudan a transmitir la verdadera tradición de este día. Los libros van y vienen. Siempre habrá Ruizafones, Buenafuenes y Borisizaguirres. La parte buena es que siempre quedarán los otros, los escritores.


martes, 22 de abril de 2008

Un poco de cadaver exquisito, ¿no?

Entre otras muchas cosas, hoy en clase de Psicoanálisis y literatura, Álex y yo hemos escrito entre los dos un poema al estilo surrealista de Bretón y compañía. Aquí dejo el texto, sin duda, revelador.


Legumbre de lo cotidiano

Nunca volví a ver la casa del bosque.
La miró a los ojos y escupió. Se sentía asqueado
del azar y otros placeres movedizos.

Sin duda alguna, la lechuga era su plato favorito
y la chica de los ojos casi rasgados como pomas de galleta:

¡Cuidado!
El soplo de las pestañas recogidas en dos lazos.

Volvió a golpearse con la farola.
Ciertas medias caóticas con nombre de reina judía.
El perro, ese animal tan noble.

Érase una vez.


Álex Duque y Oscar Sáenz

Porque sí

Rara vez he publicado en este blog un texto que no tenga una mínima intención de ser ficticio o, por lo menos, literario. Ahora mismo debería de estar en clase (Creació literaria a la Postmodernitat) y estoy en uno de los ordenadores, que por mi beca yo mismo he de dar mantenimiento y buen servicio, intentando redactar uno de los puntos de la dichosa Memoria Didáctica de esa pesadilla surrealista y sabatina llamada CAP. Como véis, no estoy haciendo dos cosas que me he prometido que haría: ir a clase por las mañanas a primera hora o redactar la dichosa chufla esa. ¿Por qué? ¿Cómo quieren que lo sepa?


He pensado que normalmente la gente usa sus blogs como ventanas del mundo hacia si mismos, y que yo lo hacía de forma similar aunque algo más pedantesca. Colgar textos que indirectamente dicen algo de uno, es como querer esconderse enseñando un brazo o una pierna. Y ya puestos, esa cosa llamada "ficciones del yo" comienza a tocarme bastante los cojones.


Uno no tiene porque ser siempre el protagonista de sus textos. Está demostrado, de hecho, que la mayoría de personas ni consiguen ser el personaje principal de sus propias vidas, lo cual nos lleva directamente al último reducto del morbo -en muchos casos, pero ya sé que no en todos- que es la programación televisiva. Se ve que, desde hace una semana o dos, se emite en Telecinco, los miércoles por la noche pasadas las doce, un programa titulado "El juego de tu vida", para ahorrarme explicaros como funciona y de que va, os dejo un video -que para eso vivimos en el futuro, y ya no hace falta trabajar el doble si uno no quiere- http://www.youtube.com/watch?v=_O4VAFxuBac y sigo hablando.

Alucinante. A mí por lo menos me lo pareció en un primer momento. Roza lo sublime: gente destrozando sus circulos sociales por dinero. Un espejo dantesco de nuestra propia sociedad. Pero lo patético es que ni tan siquiera la cantidad final es abrumadora como par tan alto pago. Es la atracción de la victoria lo que te puede hacer quemar todas tus naves con tal de decir: llegué más lejos que nunca. Al traspasar esa meta, la soledad del corredor de fondo se hace más plausible y más ácida. Pero yo, como en un Circo, participo de ello y me río y pido más carne de orgullo. A lo mejor yo haría lo mismo, tengo tantos secretos como cualquiera de vosotros. Lástima que no sea telegénico.

Quedan trece minutos para entrar a trabajar y veo que el texto va creciendo sin ton ni son y sin un argumento sólido, lo cuál comienza a darme bastante lo mismo, pero tomo nota, por si acaso. Otra día explicaré aquí mi famoso sueño sobre Finlandia y mi propio psicoanálisis acerca de éste. Para los que no tengáis demasiadas nociones me tomaréis por loco, pero bueno, tenéis todo el derecho.

Por cierto, a toda la gente que alguna vez lee este blog y no deja ni un sólo comentario, que sepais que pienso ponerme a patalear a partir de ahora, por si quereis dejar de leer. A los que queréis dejarlos pero ser el primero os da vergüenza, yo seré siempre el primero en comentarme -quién peor que yo mismo para malinterpretarme- y así no habrá excusas. Por el momento me despido, porque sí. Ahora no tengo nada más que decir. Saludos.


domingo, 13 de abril de 2008

Versátil


Cruzamos las miradas y el secreto del mal se desveló ante mis ojos. Seguí leyendo la novela pero una especie de resorte invisible me hacía levantar la vista una y otra vez en cada curva para mirar a la ventana y vigilar el reflejo de un hombre de mi edad visiblemente nervioso. Por suerte, llegué a mi parada y me bajé con la seguridad de perder de vista, por fin, a aquel viajero tan siniestro. En el recorrido de mi rutinario trasbordo, llegué a pensar que incluso podría haber molestado a aquel desconocido con mi inquisitorial mirada, sin embargo, me había quitado cierto peso de encima instantes después de haberle perdido de vista.

Volví a dar a otro andén peor iluminado y allí aguardé paciente la llegada del próximo tren. Observé al resto de personas y recordé que cuando viajé por primera vez a otro país, una chica no mucho más joven que yo por aquel entonces, después de mirarme y remirarme mucho, tomó la determinación de caminar unos metros más allá sin dejar de acecharme con la mirada. En verdad, la pobre debió de asustarse por mi aspecto tan poco europeo y no la culpo: yo mismo estaba notando la presencia de aquel hombre justo detrás de mí, como si me siguiera.

Una vez llegado el siguiente metro, tomé asiento y saqué de nuevo el libro. Una señora que estaba sentada delante, iba leyendo un diario gratuito con una portada un poco alarmante. Habían detenido, horas antes de intentar cometer el acto, a unos terroristas que querían atentar en el metro de Barcelona. Levanté la vista de nuevo en una curva y allí estaba, otra vez, aquella especie de autómata que me miraba fijamente con la misma expresión de un cerdo frente al matadero. Descarté toda posibilidad de casualidad y caí en la cuenta de que ese viajero se proponía algo oscuro. Dicho así puede resultar infantil, pero yo no sabía lo que era sentir miedo en un lugar tan familiar como un vagón. Por los rasgos que tenía y por el color de su piel, aún más oscurecida a través del cristal por el que su reflejo me llegaba, me daba la sensación de que debía de ser del norte de África. Llevaba, como yo, un barba negra poco arreglada y, también como yo, se abrazaba a una mochila que, a mi parecer, estaba un poco abultada. Uno no debería observar nunca nada, ni a nadie, ni otear en los recovecos vacíos del metro o leer por encima del hombro el periódico de la persona que viaja a tu lado o sus mensajes de texto o escuchar sus conversaciones, ya sean por teléfono o en persona, ni debería tratar de mirar a la cara ni cruzar sonrisas o malos gestos o miradas e intentar luego interpretar que significa cada información que ha captado en un medio de transporte tan hundido en la ciudad como es el metro. Pero allí estábamos los dos retándonos como si fuésemos dos guerreros a punto de enfrentarse en un duelo a muerte, con la misma expresión clavada en nuestro rostro: una mezcla de pánico y socarronería. Para no andarme con rodeos, por su aspecto y por la noticia que acababa de leer, llegué a la conclusión de que tal vez, y sólo tal vez, se proponía matarnos a todos haciendo estallar el explosivo que portaba en su bolsa. Todavía arriesgándome más, leyendo su cara podía llegar a entrever el acento suicida de su propósito, un gesto que me decía “aparta de mí este cáliz”, me lo decía a mí. Y yo tenía la misión de detener todo aquello, de ser el héroe anónimo que todos esperamos alguna vez que llegue en el peor momento de nuestra historia, para apartar de nosotros cualquier tipo de cáliz que estuviéramos destinados a beber en ese instante.

Quedaba poco tiempo para llegar a la más concurrida de todas las paradas. Debía de tomar una determinación: bajarme en la siguiente y desocuparme de todo aquel asunto, en el que podría estar equivocado; o bien, levantarme de mi asiento y dirigirme hacia él para arrancarle su mochila de entre los brazos y golpearle. Quizás un término medio de la segunda. Sea como sea, no lo pensé demasiado y opté por tomar partida. Cuanto más nos mirábamos, más nerviosos nos poníamos, hasta me dio la sensación de que él también había adivinado mi propósito con sólo ver mis ojos. Dejé de mirarle por fin y decidí a levantarme de mi asiento. Una última mirada prescriptiva, veo como abandona su mochila en el suelo y él también se levanta: entonces no hay duda. Suspiré muy fuerte, tanto que la mujer que estaba sentada a mi lado me miró extrañada, como si mirara a un loco. Cerré los ojos un instante y di los primero pasos hacia él. “Señor, se olvida usted de su mochila.” Escucho qué me dicen y es verdad. La recojo, me miro en el cristal de enfrente y entiendo todo lo que ha pasado y lo que no. Me vuelvo a sentar de golpe en mi sitio y pienso que... No sé, no sé que pienso.

miércoles, 12 de marzo de 2008

LA GATA EN CASA (finalista del II Certalmen Literario "Antoni Vilanova" de la UB)


Recordé entonces aquella extraña historia que escuché acerca de una raza de felinos cuya voluntad era la de aprovecharse de la soledad. Cuentan que sus hembras evolucionaron con el mismo sigilo que utilizan las arañas para tejer su trampa hasta alcanzar un aspecto idéntico al de mujeres en extremo atractivas aunque perniciosas. Los gatos, por su parte, con la misma intención pero con diferente brío, terminaron por degradarse y se convirtieron en el azote de los ratones y en los guardianes del sueño de los niños a cambio de un tazón de leche, una ristra de caricias desde el cuello hasta la cola y un lugar privilegiado en la lumbre. Cada noche.

La gata estaba en casa. Acababa de pasar al salón y ya se había apoderado del cojín más mullido del sofá. Se restregó contra mis piernas buscando que notara su calor dentro de mi pantalón y de mi carne. Yo ya había sentido otras veces ese tacto con el que conseguían de mí hasta la última lata de foie-gras. Me propuse domarla, hacerle comprender que no siempre un hombre, por muy solo que se sienta, va a cumplir irremediablemente lo que una doña bigotitos ordene. Que era yo quien había decidido dejarla pasar y que estaba jugando en mi terreno. Se comenta que los gatos, después de una eternidad padeciendo sus caricias egoístas, han podido desarrollar una arrogancia tal que han sabido desviar su mirada y su atención de ellas hasta obligarlas a tomar la decisión de buscar la sumisión de otros animales más ingenuos.

Mi vida de soltero, decorada con muebles de segunda mano, llevaba tiempo esperando esta visita. Supuse que sería yo el que la elegiría, sin embargo, fue ella quien, al verme caminar por la calle un poco aturdido después de la última discusión, había maullado mirándome a los ojos y reclamando para ella toda la atención cuando estaba a punto de volver a casa. La minina me sedujo al confundir el frío de la calle con el de mi vida y entró sigilosa para heredar los lugares más cálidos del piso.

“¿Quieres tomar algo?” Todavía no, más tarde. Llevaba demasiado tiempo sin enfrentarme a ella, pero no estaba nervioso, era como si siempre hubiera estado manteniendo esta conversación en mi cabeza, pero no sabía qué iba a decirle, ni si podría resistirla mucho rato. Se la veía igual que siempre o al menos como yo recordaba: un poco delgada, desaliñadamente coqueta, algo pálida, pero siempre con una aureola extraña que recordaba a esas mujeres huidizas e incorpóreas que aparecían como fatalidades en la literatura. “Siéntate en el sofá, es muy cómodo.” Vale. Me hizo caso. ¿Cómo va todo, eh? No me creo todavía que esté en tu casa, la verdad. Nos hacemos mayores. “Bueno, tarde o temprano iba a pasar, ¿no?” ¿Puedo fumar? Sacó una pitillera de piel falsa cuajada de cigarros Camel. “Estás en tu casa. Haz lo que quieras.” Sonreímos. Se le arrugó la piel más próxima a sus ojos. Me estremecí un instante. Cuéntame cositas, va... –Y así congeló mi sonrisa de bobo–…que hace mucho que no nos veíamos. “Cuéntame tú, ¿no?” ¿Yo? “Sí. ¿Qué tal os va?” Sonreía. Sigues siendo igual de cotilla, ¿eh? Volvimos a sonreír. Una nunca sabe si esta del todo enamorada de alguien, ¿no te parece? Encendí un cigarro y fumé una calada intensa, después tomé asiento en una silla cerca de ella y de la mesita que soportaba algunos suplementos semanales de diarios y un cenicero sin cenizas. Le quiero ahora, con eso basta. Me dolió y no esperaba que eso me doliese. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que quedamos? Preguntó. “No sé. ¿Tres años? Casi… No sé. ¿Cuánto?” No lo sabía exactamente, quizás sí, tres años, o un poco menos, o un poco más. ¿Qué importaba eso? Parecía risueña y eso me asustaba. Unos tres años, sí. Silencio. Más silencio. Me levanté para dirigirme a la cocina mientras le preguntaba “¿Te apetece beber algo? ¿Cerveza?” Suspiró. No sé. Sigo sin probar el alcohol, no puedo. Me apetece algo más… no sé. Tengo frío. “¿Café?” ¿Tienes leche? Calienta un poco de leche. Y pon una estufa o algo. Hace frío. “¿Leche? ¿Leche sola?” Con un poco de miel, si tienes. Nunca lo hubiera imaginado. A ver si me enseñas el pisito, rollo visita guiada. “Es muy pequeño. Date una vuelta.” ¿Puedo chafardear? “¡No!” Entré en la cocina para preparar las bebidas. Saqué la leche de la nevera y la serví en un vaso de los que regalan con la Nocilla. Apagué mi cigarro con un poco de agua y lo tiré por el lavadero. Estaban las pastillas en la encimera y se me iban a olvidar. Escuché sus carcajadas en mi habitación, había descubierto el retrato gigante de Bogart que colgaba de la pared. ¿Así que Bogart, eh? “No encontré ninguno de Woody Allen haciendo de Bogart.” Ya, ese te hubiera pegado mucho más, pequeño. Calenté la leche en el microondas durante dos minutos. “¿Quieres miel?” Sí, sí. “¿Te gusta el piso?” Hablábamos a gritos. Pensaba que vivías con tu novia. “No. Rompimos. Me vine a vivir aquí poco después.” Volveréis. “No, otra vez, sería demasiado.” Desde que te conozco estás con ella. Tú no sabes estar solo. Yo no sé, pero lo he estado durante mucho tiempo. ¿O ya no te acuerdas? No tenía nada que decirle al respecto, si había estado sola tanto tiempo no había sido culpa mía. Me preparé un café, generoso con el azúcar. Hacía mucho rato que no tenía noticias de la gata, algo estaría haciendo, quizá husmeaba por los rincones, descubriendo algún territorio que por poco acogedor seguramente resultaba siniestro. “Ten cuidado con la gata, que no te asuste.” Ya sabes que no. “Pues que no se asuste ella.” Rió. Reí. La leche y el café ya estaban listos. Noté su presencia sigilosa a mis espaldas. Juguetona, comenzó a rozar su pie descalzo con mis piernas para hacerme sentir su tacto meloso. Cuando me giré, ella me dio un abrazo tan potente que me dejó arrugada el alma. Te he echado mucho de menos, tonto. No la miré a los ojos, la aparté de mí con sutileza arrogante. Luchaba por no prestarle atención ya que algo en mi interior me decía que todo me iba a hacer sentir como un idiota o como un loco. Agarré los vasos y regresamos al salón. Esta vez nos sentamos en el sofá los dos y volvimos a fumar de nuevo. Yo Chester, ella creo que fumaba Camel. “¿Tienes hambre?” No, no te preocupes. Tengo cena en casa. “Ha sido una casualidad encontrarnos justo hoy.” ¿Por qué justo hoy? “Bueno, había recordado aquella vez que casi nos pillaron robando en La Central. He estado esta tarde allí.” Es verdad. Que pringados. Sí. No parábamos de sonreírnos, cada vez con menos motivos. ¿Has comprado algo? “No, al final no.” Puso su cabecita encima de mi hombro y acarició mi patosa mano de la que se cayó el cigarro. Tardé en reaccionar. “Como no lo coja, saldremos ardiendo.” Ojalá. Lo recogí enseguida y para recuperar un poco de dignidad volví a levantarme. ¿Dónde vas? “Voy a sacar una lata de atún.” ¿Para qué? “Para mi gatita.” Hacía mucho que no aparecía, quizás oliendo algo de comida vendría. No creo, además, yo de ti no le daría mucho atún a un gato si no quieres que se muera. Habló la experta. Mientras buscaba en los armarios la dichosa lata me pregunté si debería sacarle el tema. La caja de pastillas seguía en la encimera. La he recogido de la calle hoy. No tiene todavía nombre. “¿Sabes algo de Lucas?” No contestó. “¿Hola?” No, no se nada. Seguía buscando por todos lados, imaginaba que tal vez en el fondo de la nevera hubiera algo, mi cigarro se consumía en el cenicero. “Me dijeron que bajó a Barcelona hace cosa de un mes. Me lo comentó Carlos que le he visto en el Messenger. Por cierto, tú hace una eternidad que ya no te conectas.” No tengo Internet. Te apago el cigarro, ¿vale? De repente estaba más seria. Me asomé por la puerta de la cocina con mi mejor sonrisa para pedirle un poco de comprensión por mi tardanza. Podría pensar que me había puesto nervioso. Así era ella. Estaba incómoda. “Pues a ver si le veo que nunca llama.” Sí, sí que le vi. Quedamos. “¿Sí?” Aunque eso me jodió más que cualquier otra cosa que hubiera sabido esa noche, ya me lo esperaba. Las gatas, por mucho que busquen de los hombres, siempre terminan por querer cazar a un gato. “¿Y bien?” Ya sabes. “Sí, ya me imagino.” Pues eso. “No te preocupes, todos tenemos un punto débil.” Bromeé. Ella ya no se rió. Volví a asomarme pero miraba hacia el pasillo, con el cigarro apunto de apagársele entre los dedos. No decía nada “¿Está la gata por ahí?” Por fin. Estaba escondido detrás del queso de cabrales. Lo puse en un platito pequeño y me dirigí al comedor. Voy un momento al lavabo. Tenía los ojos llorosos. “Muy bien.” Me di pena. Aparté las revistas y coloqué la comida encima de la mesita. La gata apareció de repente, subió por el plato y devoró el atún con parsimonia, con cuidado de no manchar sus bigotitos. Volví a la cocina para limpiarme las manos del líquido aceitoso que me había manchado al transportar el plato. La caja de pastillas aun permanecía en la encimera. Al final me tomé una, bueno no, tomé dos.

Dos pastillas con un poquito de café. Me tumbo en el sofá a dejar que se me pase, cierro los ojos. Llaman a la puerta.


FIN

domingo, 9 de marzo de 2008

MEMENTO (I)

Prosa del viernes 2 de Febrero del año 2007, (1:12 a.m)


Posees los rasgos de todas las que antes contemplaban absortas por el hueco del vaho de la ventana, la ciudad sometida a la lluvia de invierno, de agua fría, infernal, agua de otro tiempo y de otro espacio. De otra molécula desconocida, como el misterio que es la calle cuando una mujer es joven y decide secuestrar a un gato para convencerle de que la vida también puede existir al calor de un hogar que se desmonta, se destruye y se traslada. Densa y profundamente vana, parece ser que es nuestra, no sé que es (tan solo digo que lo simula); donde somos el mismo chiste redundante y pesado; como creemos ser la punta de la lanza, (¿me río?), tan solo somos una cola de hámster que hace la veces de mascota infantil de un niño enfermo por ser dócil. Te creo vencida pero no te observo, miro la tele o la pantalla del ordenador, que guarda dentro una ventana de Messenger con un ávatar que es tu fotografía. En otro sitio, en otra situación muy diferente, en una sala como amarillenta con ropa de ser poco coqueta, y me haces pensar que sonreíste, pero no das señal de que ahora sonríes. Allá, tú sola en tu cuarto; acá, yo desnudamente imbécil, tonto de baba, pero con baba deseante de tu saliva de mujer corriente. Al fin y al cabo todo es líquido que fluye y que se mezcla, todo sigue hasta licuarse, para decidir si se consume en nube tersa, deseada; o se hace piedra sólida y marchita, que no puede servir ni como piedra. Tu saliva y mi saliva estuvieron juntas; sí, lo estuvieron en una botella o en un vaso o en una tercera mejilla receptora de nuestros besos. O en mis dulces pesadillas de cuando estabas loca.

jueves, 17 de enero de 2008

LAS VOTACIONES DEL I PRIMER CERTAMEN INTERNACIONAL DE NICKS DE MESSENGER


Ya están aquí, ya llegaron.
Ahora vosotros teneis la última palabra.
Vosotros decidís cual es el mejor nick de messenger internacional e indómito.
Ocho finalistas.
Seis días.
Un pin.


Que gane el mejor o el menos malo.


¡¡SUERTE!! (..o no..)

domingo, 13 de enero de 2008

I CERTAMEN INTERNACIONAL DE NICKS DE MESSENGER


Alguna vez he comentado lo mucho que me gustan los microcuentos, por la originalidad que tienen y porque muchos resultan ser inteligentes y divertidos al mismo tiempo. La cual cosa también es una forma de poesía, ¿o no? Y bueno, tontamente, ha surgido la idea de hacer un certament de nicks de messenger, que algunos que he visto por ahi tienen calidad suficiente por lo que he comentado antes.

La regla es simple, podéis poner un comentario, en esta misma entrada, con vuestra propuesta de nick. Tiene que ser de alguno de vuestros contactos o, si queréis, vuestro propio. Los cuatro que más me gusten serán encuestados en este mismo blog, al igual que la pregunta chorra de los pezones, y el ganador obtendrá un pin.


Las únicas excepciones dignas de participar son:


- Nombres.

- Modelos de coche o moto

- Nicks con demasiadas florituras para saber que leches dicen, no me va el surrealismo.


O sea, yo que sé. Pues lo dicho, amigos. Se abre la veda y el concurso. ¡Suerte! Puede ser divertido...


sábado, 12 de enero de 2008

Ha muerto un Ángel




Odio las casualidades que tienen como resultado la pérdida de algo o de alguien. Anoche, antes de abandonar mi asiento en el escritorio y de haber revisado algún poema de Ángel González en una páginas de poesía, me quedé dormido y al volver a incorporarme para apagar mi ordenador -debían de ser la una y media o así- aún me dio tiempo a releer algún poema para desearme buenas noches. Esta noche murió Ángel González y no sé si, en el trance de su viaje, el aliento de las miles de personas que hemos recitado en voz alta alguna vez sus versos, le acompañó o le acompañarán por siempre. Solo deseo desde la humildad de mi blog poner mi granito de arena a la memoria de un poeta con mayúsculas y recitar en voz baja el poema con el que abría la puerta a las letras españolas.


Para que yo me llame Ángel González
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado,
el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
Ángel González

martes, 8 de enero de 2008

Fue prohibido

(Vista desde el cementerio de Arenys)

En su momento, fue tan prohibido como lo que sentía al escribirlo. Ahora, cuatro años y tres días después, me parece bonito, triste y muerto.



SINERA


Tomé del mar la palabra entera y saqué del día sus dos últimos tercios.

Me arropé con su silencio, y ella siguió mirando el mar oscuro.

La tormenta de caramelo derretido acababa de escampar. Y sólo quedaba el aliento del tabaco en nuestras bocas.

"Allí arriba los muertos tienen buenas vistas". Fue lo que me dijo una mañana, antes de subir al cementerio. Y yo sentí envidia, entonces, de su cigarro.

Casi rompemos un secreto. Absortos, bajo la luna, apenas desnudos. Ella se tapó.Y yo lloré como un silencio. Como un traidor arrepentido.

Sólo sé que después dijo: "Me gustaría poder abrazar ese mar de un salto."

Y yo me levanté a besarla, pero con suave sonrisa me cambió de tema.

A lo lejos, se sentía el rugido inquebrantable del vals de las olas. Entonces pensé que ojalá tuviese una guitarra para no borrar este momento.

A lo lejos, el Sol, volvía. Me cogió la mano y juntos miramos al abismo.

Se fue con el mar, desnuda. Como las gaviotas, como los angeles. Con alas tan invisibles como las de mis ojos.

Y yo no me atreví a seguirla.

Entonces pensé: "Que bien que viven los muertos."

5 de Enero de 2004 (M.D.)

viernes, 4 de enero de 2008

La lengua de los gatos



Tal vez esto es lo que significa el vértigo: el miedo, no a caer, si no a lanzarse atraído por el abismo. Es como el roce de la lengua de los gatos. No sé si el roce o la caricia. Es como la lija suave y adormecedora de la lengua de los gatos cuando te toca, que amansa pero duele.

lunes, 31 de diciembre de 2007

miércoles, 1 de agosto de 2007

El Frío*

Las diez de la noche de los lunes me hacían sentir que el tiempo se escapaba con más peso, como con más importancia en mi vida. Por esas horas, subía Ramblas arriba por uno de los laterales tratando de encontrar mi coche en el Eixample. Remontaba Barcelona en solitario, consumía tabaco y el frío se me instalaba en los huesos por culpa del mes de noviembre. Yo confundía ese temblor de otoño con el temor de encontrarme el porvenir a la vuelta de la esquina, lo mezclaba con el íntimo miedo de aquel que cree estar generando actos futuros con tan sólo pisar una hormiga, torcer por otra calle diferente o atrapar el calor de un cuerpo anónimo que se cruza, y que no entiende de deseo porque no sabe que existes.

Las diez de la noche de esos lunes tenían remedio: conducir hasta casa a una velocidad no muy exagerada, escuchando música tranquila o algo de fútbol cuando sintonizaba una emisora deportiva. Me dejaba llevar por la Gran Vía, sentía compasión de mi pobre coche que, abnegado, conoce su destino, entiende que su condición es dormir cada noche en la misma plaza; entre la misma columna de cartón-piedra y el monovolumen negro de la pareja incandescente que aun no tiene hijos porque quieren disfrutar su tiempo muerto; hasta que el óxido y la técnica lo dejen obsoleto, como a un viejo. La ansiedad de lo que viene, de lo que avanza, de lo vívidamente capaz de salir a mi encuentro en unos años (o quizá la angustia persiste por no saber la dirección que he de tomar si nunca he pisado una hormiga, ni tampoco he torcido por una calle diferente y ni siquiera he imaginando el calor de un cuerpo que se escapa; mientras el mundo cambia) podía remediarse con el ansiolítico que ofrece la rutina, los actos calculados con la precisión de un ingeniero concienzudo pero desconcentrado, que tanto mi coche como yo llevamos a cabo con los ojos cerrados, de memoria. Porque de memoria vivimos, en ella se refugia otra edad en la que pensar en el tiempo por venir era sólo calcular lo lejos que el verano estaba mientras, con frío, volvías a casa por una calle azul de esas que construyen para el mes de diciembre. Entonces los papás te agarraban de la mano y los días se fundían más despacio hasta que tengo que aparcar, bajar del coche, luego subir a casa de mis padres, quiero decir, a casa; y al fin, con suerte, lo de siempre.

Las doce de la noche de estos lunes, las sábanas de mi cama infantil de noventa centímetros ya no protegen como antes de los monstruos invisibles y predadores, habitantes del reloj. Esos que me devoran cada noche más deprisa porque huelen mi miedo y les doy hambre. Les escucho masticarme (tic-tac-tic-tac) y ya ni el edredón sirve de abrigo. Me duermo derrotado en este frío del que mamá no va a saber como taparme.

*[Afortunadamente hace meses que lo escribí y hace días que ya no tengo frío, gracias a lo que sea, los minutos ahora sirven de alimento.]

miércoles, 25 de julio de 2007

Las mujeres como tú
son esas que aburren a los hombres
que no buscan más que almacenar saliva.

Observo, y pateame si me equivoco,
que nos gusta comprar las mismas zapatillas
y a ti considerarte poco
y afirmarte casi nada
para condecorar al fin tu nombre
para salvarlo así tan suave
de mi entrecejo de las maravillas.

Llegados a este punto,
no busco impresionarte y ya lo saben,
tengo que dibujar sobre la servilleta un número
que exponga ceniciento el susto y la arrogancia
que ha sido descubrir tus decimales.

Me dejo ya de ser un individuo
y me largo de aquí para que almenos
te brote la pregunta más exacta
y más innecesaria de momento.

Las mujeres como tú
son las que aburren
a tipos como yo
que buscan sexo.

martes, 15 de mayo de 2007

I




Ya quiero que no emita pitidos
la línea que vigila tus latentes
percusiones verdes y parpadeantes.

Estoy de pie,
a veces asomado a tu letargo,
amarrado en tu orilla,
solo en la frontera
de los que estamos aguardando como estatuas
delante de cuerpos
con máscaras convexas.

El tiempo, creo, no es el tiempo,
es un pájaro azul en mi botella.

Batas verdes dibujando a la rutina,
mientras sábanas se manchan de esperanza;
en medio, van y vienen, las visitas.

Nuestra sala de espera cuenta chistes
también cuentan las pisadas sus baldosas
donde un hombre taciturno no cojea.

Mis ojos asfixiados inspeccionan
a todos los objetos que hacen falta
para seguir en este espacio ambiguo.
En este hotel donde nos dejan
nacer y morir; un mismo sitio.

Cableados translúcidos con líquidos amnióticos,
son el pan y son el suero, la sangre y el vino
que reparte la vida por tus venas.

El edificio es un cruce de caminos:
El del verde fósforo y el otro
tangente y mortal, ambos celestes y mezquinos.

Me escapo de la angustia de tu cama
y más aumenta ese pitido,
tan agudo y tan verde, que me para-
liza porque no me he despedido
de ti. Doy media vuelta,
y veo el verde urgente a la carrera
con cara de trabajo y de impaciencia.
Es humano el admitir que me ha aliviado
saber que ha sido otra, tú no eras.
Aún con horror, ahora, me doy cuenta
que no hubo ni pecados ni milagros
en esa habitación que ya no piso.
Porque sé que dios
–el Dios que Calla–,
ni aquí ni allá
ha sido visto.

lunes, 14 de mayo de 2007

FOTOS

Es cierto, las fotografías no sólo sirven para recordar momentos, también nos demuestran, aunque sea mirándolas con los ojos más ingenuos, que una vez alguien quiso retratarnos sonriendo, o dejar para la posteridad nuestra imagen impertérrita a su lado.
Es cierto, que puede verse, si se pone mucho empeño, una evolución interna de los seres por su forma de mirar al objetivo, que les da alcance y les dispara. Las sonrisas espontáneas y juguetonas de una pareja que abandona la adolescencia pueden transformarse con el tiempo para que luego pasen a ser el incómodo documento gráfico de un desencanto provocado por la inconmensurable desidia. Entonces, si quieres rescatar una sonrisa mínimamente encendida ya sea por nostalgia o por convencimiento, pues tomarlas todas, hacer una pila y pasarlas con rapidez a la altura de tu entrecejo, y así ver la película de los ojos, de tus ojos, para que al llegar a la última mirada compruebes si el final es feliz o como ya intuías, amargo.
Sin embargo, es cierto que puedes intentar agarrar la cámara de fotos, esas digitales tan plateadas y tan instantáneas que fabrican ahora, y salir a buscar tu sonrisa por el mundo e intentar modificar lo triste de la historia, puedes repetir algunas fotos poniendo lo mejor de tu alegría y fingir también que a tal hora, de tal día, de tal año éramos dichosos como enanos escapándose de un circo. Puedes imprimirlas si lo deseas y juntarlas a la otra pila. Comenzar la sesión de nuevo, con la vista muy atenta y volver a recordar los besos desempolvados, los abrazos que apretaban hasta achicarte el alma y arrinconártela en el pecho, puedes ver también que te costaba menos sonreír porque era casi automático; y al llegar de nuevo al final, la misma cara, la misma boca desencantada y las manos libres buceando en los bolsillos. Y te das cuenta de que sonríes, sí. Pero sabes, como sabe todo el mundo, que no se puede revivir un tiempo muerto.

jueves, 3 de mayo de 2007

GAFAS

“Mujer, el mundo está amueblado por tus ojos.”
Canto II, “Altazor”, Vicente Huidobro.


Resultó que al mirarme en el espejo por encima de las gafas, había comprendido que lo que realmente necesitaba era una óptica diferente desde la que mirar el mundo. Tal vez no un cambio demasiado radical, pero al menos, estaba decidido a intentar de nuevo una perspectiva diferente de la que mis ojos al desnudo me dejaban ver. A lo mejor aún no era tarde.

La aclimatación a mi nuevo estado iba a ser más peliaguda de lo que yo hubiera preferido; mas ya no cabía vuelta de hoja. Lo primero que hice fue buscar una cajita agradable para poder conservarla intacta –una rozadura accidental me hubiese causado más dolor que si me hubiera cortado la mejilla afeitándome– y no pasó ni un día hasta que apareció por casa una funda recubierta de tela de mala calidad, estampada con florecitas de colores fríos y con un cierre similar al de una mandíbula de cocodrilo hambriento. En su interior sobrevivía, lleno de pelusa, un trapito de color fucsia con los bordes triangulados donde podría reposar con dulzura cuando tuviera que marcharme a dormir, solo. Le hice un sitio en el cajón de la ropa interior, cerca de mi lado de la cama, y fabriqué para ella un mullido colchón con mis calzoncillos y unos pañuelos de algodón acartonados ya por su último uso excesivo.

Con el paso de los días me fui sintiendo más acompañado por aquel antifaz de pasta de color blanco y rosa pálido, con una brillante lágrima dorada en las esquinas de la montura y unos cristales no demasiado gruesos, debían ser de una dioptría y media cada uno. No sabía si mi madre se alegraría demasiado de verme con ese aspecto, sin embargo, se había pasado años llevándome a ópticas y a oftalmólogos para pasar revisiones oculares sin el menor éxito por su parte, estaba convencida de que mis horas muertas frente al televisor no podían ser sino dañinas para una retina tan cándida e ingenua como la mía. Los primeros días fueron de adaptación: llegué a padecer mareos y dolores de cabeza tremendos, parecían no estar hechas para mí. En cambio, yo tenía la esperanza de que en este nuevo esfuerzo mis ojos se acostumbraran a esta forma de contemplar las cosas; si uno tiene paciencia, los polos opuestos terminan por atraerse, aunque a veces suela significar un dolor añadido. Si alguna vez os habéis colocado unos aumentos que no os eran propios ya sabréis que al principio es como caminar en un mundo de sueño donde las formas, las distancias e incluso los colores, son una mezcla variopinta similar a la visión tunelada de un borracho enamorado en su punto álgido.

La verdad: no era capaz de hacerme a ellas completamente. Yo seguía sintiendo que las necesitaba porque cubrían un vacío que se había originado en mi pecho hacía ya algún tiempo. Transcurrieron un par de semanas y me dispuse como cada tarde a salir a la calle para pasear con el objetivo de ir tomando correctamente las distancias y los objetos que debía intuir, que memorizaba gracias al ímpetu por que todo funcionase. Pero ellas no ponían de su parte. Me daba cuenta de que se sucedían los días y mi vista no mejoraba lo más mínimo y si lo hacía, era tal la lentitud que casi apenas me lo parecía. Comenzaba a angustiarme un poco, pero todavía me sobraba ilusión. Lo idílico de los primeros días se iba desvaneciendo a medida que pasaba el tiempo. Como un espía cautivo, yo me resistía a dar mi brazo a torcer y a admitir que al final tendría que ceder a una fuerza mayor, pero mis esperanzas se iban reduciendo inexorablemente. Temía dejar de usarlas, pero si no conseguía ser más fuerte, me dañarían para siempre. De todos modos, me empeñaba y me esforzaba en ver el mundo desde esas dos lentes porque creía que así podría ser todo como yo siempre había deseado. Desprenderse de algo por lo que tienes un afecto tan infundado siempre es difícil, pero llega el momento en el que ves que tu propia integridad o identidad dependen de ello.

A mi no me importaba que esas gafas me fueran restando visión día tras día, ya pensaba que me había acomodado a ellas debido a que las caras de las personas iban retomando su antiguo aspecto, las reconocía mejor y no sólo gracias a la voz. Mi madre nunca comprendió mi posición pues opinaba que lo que realmente me ocurría era que no quería ver las cosas como eran y que me empeñaba en obviar la realidad. Ella siempre ha sido una mujer muy intuitiva.

En este rutinario paseo, mis pies me condujeron a una cafetería cercana a la plaza del ayuntamiento. Llevaba mucho tiempo sin pisarla pero mantenía la expectativa de que la camarera todavía se acordase de mí aunque fuera vagamente. Antes, yo venía muchas tardes y creo que llegó a saber mi nombre. También a ella le resultó bastante raro verme con las gafas, aunque no se atrevió a preguntar nada, excepto qué cosa deseaba tomar. Le pedí que me trajera lo de siempre, pero sin el menor esfuerzo por recordarlo me preguntó por segunda vez que qué iba a ser; lógicamente ya no se acordaba. Un café y una palmera de la que me comería la mitad, pues era muy grande para mi solo. Lo de siempre se había convertido en lo de ahora. Y lo de ahora ya no era lo de entonces.

Aproveché para ir al lavabo mientras llegaban los cafés y la palmera. Al verme reflejado en el espejo con una amarillenta luz tan insalubre, descubrí apenas ya con la visión borrosa –esta vez mirando a través de las lentes– que aquellas gafas nunca iban a poder ser de mi talla. Había caído en la cuenta de que me apretaban las sienes hasta el punto de habérseme comenzado a caer el pelo de esa zona. Tomé una decisión precipitada. Me costó horrores pero logré arrancármelas de cuajo. Cuanto más incomodas se me hacían, más inseguridad me provocaba desnudar mis ojos. Aunque pensaba que sin ellas estaría perdido, en esta ocasión me juré que iba a ser diferente.

¡Ya estaba bien! Dos veces era demasiado. Tenía que apartarlas de mi vida. Me levanté de un salto. Por supuesto, no había sido culpa mía en esta ocasión. Al lanzárselas con desprecio casi derramo su bebida y tiro mi palmera: no daba crédito. Hice todo lo que estaba al alcance de mis manos, pero no pudo ser. Emprendí el camino hacia la calle. Tenía que aceptar las cosas definitivamente y por mucho que me costó, las abandoné en la mesa y me largué con la intención de no volver la vista atrás. Ella lo pagaría todo.

¡Cuál fue mi sorpresa al salir al mundo real y comprobar que sin ellas veía la vida peor que nunca! Como si de una pesadilla borrosa se tratase, todo daba vueltas y nada era como antes de toda esta maraña. Los mareos y los dolores de cabeza regresaron al instante, no podía ver con ellas pero sin ellas tampoco. Me arrodillé en plena calle buscando la frialdad del suelo firme, alcé la cara hacia una lluvia que no caía; y al fin, comprendí, mientras la sal de mis lágrimas curaba y escocía la dolosa ceguera de mi alma, que a partir de entonces, ya siempre miraría de otro modo.

FIN

miércoles, 25 de abril de 2007

La primavera

Me pareció muy extraño contemplar aquella especie de milagro o de desafío justo en medio de la vía. A primera vista era casi imperceptible, pero el aburrimiento y la costumbre de mirar al suelo (o incluso más abajo) te pueden hacer descubrir objetos insospechados en los sitios más dispares. Era una rosa roja, en todo su esplendor, que como por arte de magia había brotado en el suelo sucio y empedrado del metro. Rodeada de colillas apagadas, fragmentos de diarios podridos, acumulados ácaros de polvo. Estaba allí plantada como burlándose de toda fealdad y casi como queriendo demostrar que la primavera llegaba cuando quería y donde quería. Aunque también podría haber sido un error (mío, por supuesto) pues no era extraño en mí el darme cuenta de cosas que no existen o que al menos nadie más ha conseguido captar. Me quedé absorto en la flor y me maravillaba de las gotitas de rocío grisáceo que recorrían sus pétalos y tallo. Miré hacia el contador que indicaba el tiempo que restaba para que llegara el próximo metro, apenas faltaba ya un minuto. El andén estaba bastante lleno, pues el tren en el que viajábamos se había averiado y debíamos aguardar a que el siguiente nos transportase asardinados. Redirigí la vista hacía el color rojo que había nacido entrevías con la certeza de ver como iba a ser arrancada de cuajo por la maquinaría que se acercaba con la velocidad mortal y necesaria de esas horas de la mañana. De repente, la sombra de un hombre joven (de mi edad, quería decir) se interpuso entre la rosa y su muerte para arrancarla del empedrado y subir de nuevo al andén, con ella entre las manos. Un héroe. Un chico enamorado que sorprendía a su pareja y al resto de personas, pues la venida del tren era inminente.

Subimos al metro y nos amoldamos como pudimos a los recovecos y espacios vacíos que los cuerpos de los otros pasajeros habían intentado aumentar estrujándose todo lo que podían. Las caras de fastidio y de agobio, la mala leche general, eran el denominador común de todas las personas que allí se encontraban. Yo, debido a una serie de terapias de grupo para aprender a controlar mis sentimientos, me encontraba en un estado apacible de “matutino nihilismo suburbano” en el que me ensimismaba y concentraba en la felicidad de imaginar que estaba en otro sitio. Pero los frenazos y sacudidas del metro enardecían aun más el estrés y el calentamiento de los pasajeros. Volví a la realidad para contemplar justo delante de mí la sonrisa afable y ufana de una muchacha (casi una cría) que no parecía compartir aquel estado de violencia reprimida. Ni siquiera parecía sentirse apretada y apresada entre las extremidades del resto de seres. Su belleza y frescor contrastaba con la fealdad e inquina de todos los que allí nos encontrábamos, parecía reírse de la situación, de estar disfrutando del trayecto y de no sentirse oprimida por mi desaforada voluntad de seguir mirándola sin reprimirme. Ella compartía conmigo su felicidad y son sonrisa y jugaba a mirarme a los ojos y a dejar de mirarme un instante, como queriéndose hacer la ingenua o la malvada. Yo también ponía de mi parte y buscaba rozarla como sin darme cuenta, y cuando el metro nos sometía a la fuerza de sus frenazos, ninguno de los dos hacía por agarrarse a algo si no que en ese empujón divino encontrábamos el valor de acercar nuestros rostros lo máximo permitido entre dos desconocidos que se encuentran en un atribulado vagón muy de mañana. Pero aun así, no sabía si debía hablarle y estropear aquel divertimento que por su parte no iba a pasar de ahí, pero que por la mía hubiera sido el prólogo a la mejor historia de amor y de erotismo. El metro frenó bruscamente y muchos pasajeros perdieron el equilibrio pasando a aplastarse unos a otros. El conductor nos informaba por el altavoz de que debíamos bajarnos en la siguiente parada, pues un vagón (curiosamente) se había averiado. Quizás, entonces, podría encontrar la oportunidad de entablar conversación con la chica, al quejarme con algún lacónico sarcasmo sobre el servicio de transportes.

Habíamos tres veces más personas de las que debían estar en un andén normal a esa hora de la mañana, por lo que caminar muy cerca de la vía podía convertirse en un desatino mortal. Al bajarnos todos deprisa, perdí la pista de la chica y me quedé con las ganas (aunque sabía que nunca hubiera reunido valor para intercambiar media palabra con ella) de escuchar su voz, probablemente dulce y armoniosa. Caminé abriéndome paso a empujones por entre la gente para poder alcanzar la salida y tomar en la calle un autobús. Escuché un grito y desde arriba de las escaleras pude verla caer abajo cuando solamente quedaban unos segundos para la llegada de otro tren. Me estremecí un instante pues nadie se había dado cuenta de aquello y la flor coqueta rodeada de piedras sucias lanzaba aullidos de auxilio mientras que nadie saltaba allí abajo para arrancarla de la velocidad y de la muerte. No miré, seguí subiendo. El tren abrió sus puertas pero nadie entró. La rosa bajo la maquinaria, descompuesta y a medio sesgar, no había encontrado en mí al héroe que la salvase. Al fin, hubo alboroto y un gran desasosiego, y yo caí en la cuenta de que llegaba a la terapia un tanto tarde.

Moleskine

Un Moleskine es un cuaderno de notas con cubiertas de un tipo de tela llamada moleskin, posee además una banda elástica para sostener el cuaderno cerrado y un lomo que permite que el mismo sea abierto completamente. Los Moleskines son fabricados por Modo & Modo, una empresa italiana; que además posee la marca registrada "Moleskine". El impulsor más famoso del Moleskine fue Bruce Chatwin, que los utilizó en todos sus viajes, y escribió sobre ellos. La fuente original de Chatwin de cuadernos desapareció en 1986, cuando el dueño de la distribución en París donde él los compraba falleció llevándose el secreto a la tumba. El Moleskine moderno se forma gracias a las descripciones de Chatwin acerca de los cuadernos que él utilizó.

A pesar de que desde Modo & Modo se proclama que Picsso, Matisse y Hemingway utilizaban estos cuadernos, no queda claro que se trate de los mismos que describió Chatwin. Lo que sí está constatado es que estos famosos artistas utilizaban algún tipo de cuaderno de notas de bolsillo. Escritores conocidos que se sabe utilizan los Moleskine son Luis Sepúlveda y Neil Gaiman quien escribe en su blog acerca de su preferencia por los mismos.

Los cuadernos moleskine tienen una imagen de viajero romántico que Modo & Modo explota con acierto generando el culto hacia estos artículos. A pesar de ser más caro que un cuaderno de notas común, sus adeptos lo eligen por su calidad y diseño.